domingo, 12 de marzo de 2017

Voz ausente-.

Voz mía
voz del corazón-.




Veo. Esa mano
extendida al feto,
que subraya su ínfima
incertidumbre futura, su
célula martirizada por un
mondadientes petrificado.
Veo, aquella sucesión de voces,
de cristales empañados, de lluvia
inmensa acaecida en la neblina interior
de un bar desvanecido entre las ferreterías.
Veo. Ese golpe que taladra la leña periférica,
el astringente deseo de un niño voraz arreciar
tras lo íntimo de un pañuelo negro o morado,
repentinamente desierto.
Y se van mis manos. Se van
tras desiertos íntimos y flores
de pegamento, de callejas fósiles,
de basuras recibidas en armarios.
Veo. La lluvia callada meterse
en las iglesias en las cátedras o en las
bibliotecas, sin nadie, sin nada, polvo
y amanecer de huellas.


©
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