sábado, 11 de marzo de 2017

El odio indeciso-.

El odio es una poltrona
a la que sucesivamente
vamos incorporando todo
tipo de materiales, observemos,
que invariablemente explosivos.
A él, a su saco de desventuras y
de despropósitos de nuestra azarosa
existencia, agregamos la inevitable
porción de asco, pena, desagrado
insignificancia, locura, demencia,
estulticia y mordaz arrepentimiento.
No encubrimos nada con ello.
Nuestra realista posición en la vida,
es la de aquel eremita que nunca supo
bajarse de la columna en el desierto.
Nos entristecemos, extraemos del saco
inefable de ese lenitivo, la lección adecuada
para continuar excelsamente ilusionados;
nos deprimimos hondamente, creemos
entonces, que las palabras pueden servirnos
no para aliviar tensiones que, en definitiva,
es la para lo que sirven, si no y más estúpidamente
sentenciamos y queremos hacer arte de nuestras
depravaciones y nuestros delirios y desvíos.
Oh, tener que ahondar en la pena, y no, como
debiera ser, quitarnos de en medio, de una vez
por todas, como quién asesina a un mosquito!
Verdaderamente, la historia de la crucifixión
es la nuestra, con un buen porcentaje añadido
de zozobra y decepción.


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