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martes, 22 de agosto de 2017

Noche inacabable-.

Hay tobillos engarzados finamente
por gemas aterciopeladas que funden
el hielo por encima de las rodillas congeladas
y murmuran su razón inquebrantable a la altura
del hueso o de la cintura inabarcable.
Hay noches en el cielo y venturosas rameras
que quebrantan con sigilo las leyes urbanas,
amaneciendo entre cables eléctricos y almuerzos
sonoramente flatulentos.
Hay rosaledas interminables que malgastan su agonía
miembro a miembro, descarrilando un tren de propaganda
inaudita entre azucenas nocturnas que sumergen su pico de ave
fuera de los azulejos y los anfiteatros.
Hay extremidades neutrales que fecundan el rocío ocasional
desbaratando el ruido infame que comulga con la angelical sonrisa
de un rostro tumefacto lejana la luz que empapa el cráneo.
Hay infinitas praderas angostas que tardíamente
fundan una sociedad de piélagos y nocturnidades inatacables,
fertilizando el sonido de un cuerpo rugoso de láminas.
Y en el sueño un amante de la noche procura su nefasto
placer en las sábanas diurnas de una profecía intrusa, buscando
el alimento fuera de la epifanía rústica de páginas doblegadas.



©

domingo, 20 de agosto de 2017

Estribaciones-.

Desde esta plegaria
conciso camino
las lentas ubres
del estío matinal
alcanzan secundarios
instantes de tierra, plomizos
albergues de arena, que nombran
la llama con su podredumbre
de rosa encantada. Refulge
su nombre, magnético
entre las olas vedadas.
Surte su efecto enigmático
la noche malhadada con sus
travesuras de infantiles guirnaldas,
al pecho de estreno colgadas.
Miran y atraviesan, nocturnas
y alevosas, praderas en silencio
con rítmica fronda dispersa. No
sueña ya el mundo con su hueca
fisonomía, miran azules las mañanas
desde su tumba protegida de espartos.

©
Mi memoria a veces se expande
y atraviesa remotas regiones despiadadas
por el celo de otoñales vestigios soñolientos.
Y enamoran sus azules alegorías
las mañanas tornadizas en piedra
de soles grabadas. Sueños de tardes
y estorninos, pájaros invisibles, que
vencen al duro camino, con su grito
anónimo de pastoreo inaudito. Mis
alas despliegan sus aromas de pan enardecido,
cumplen con su cometido, las rosas fragantes,
la arquitectura de interminables pasadizos.
Y la fosa que se abre, y el alma que espera,
espabilada, al rosal que tiernamente se ofrece.
©

Tu cuerpo estaba dentro de mi cuerpo.
Ofrecía sus mensajes, de áridas formas
sonoras, al oído campechano que delicadamente
las recogía. Como trenzas sin sonido
de un agua inmaterial, benigna.
Y en mi camino, de pino verde
y alma ligera, tú cruzaste las avenidas,
doradas, cambiantes y tornadizas, secretas.
Las llamas devoraron el pan de tan
alta y sagrada misa.

©
Tu cuerpo remansaba sobre el mío.
Tornaban las águilas a su pecho adormecido
mientras la noche acaecía sobre los montículos
de arena de los días intangibles. Miraba
tu cuerpo; en realidad, atisbaba el mío.
©

Tu cuerpo, siempre presente.
Anguila de las aguas más verdes
y lascivas. Tu cuerpo, bendición
de los días siempre iguales.
Con esparto y mimbre
de las noches cálidas, el vitral
y el cáliz, se humedecían, y yo,
raudo, hacia ti partía.
Morían en mí las tardes más reticentes,
aquellas horas solitarias de monte y alcancía.
En mí morían, las horas desabridas
del día. Y moraban las cuevas
las frutas sonrosadas y huecas,
de ancho plexo y caminar tan lento.
Antes de mí, tú. Antes de ti, nada.

©


Sobras del amor-.

De espaldas al romanticismo
donde se masturban cíclopes inauditos
estilográficas ambiciosas y sombrías mecheros
de colas largas, hacen el amor con caracolas
y sangres. Donde se estilan
gritos y sótanos anegados de ron,
de alcohol ambivalente, de leznas invisibles
que crujen el caparazón del odio con sus vendavales
de látigo y fusta. Caballerizas
del rencor, y del desprecio, y del asco mutuo:
sangrientas espaldas unidas exclusivamente
por el estiércol de la vida cotidiana.
Donde se inundan las arterias de almacenes,
silos, baúles repletos de caricias enmohecidas.
Arteramente, me rodeo de crucifijos y materiales
incandescentes, de sombras energúmenas, de ruidosas
cruces de un calvario inacabable.
Y peleo por ese esfuerzo de hacerme sacrílego
entre dientes.

©

Fragor de la orquídea-.

Rozando cristales
de negativa presencia
en ámbitos derruidos
combatidos por multiformes
ideologías vastas de significado,
escucho el latido del océano
en esencias dispersas, disfrazadas
de tenues fragancias, algas minúsculas,
al fondo, destrucciones de notas musicales,
de variaciones prometidas.
La palabra indica al brazo, guía
su vibración en el lánguido anochecer,
perfora el corazón pisoteando orquídeas,
mancillando doncellas de muslos apretados
e hirsutos.
Líquidamente la vida se hace anhelando
la profecía del agua.
©


sábado, 19 de agosto de 2017

Esencia y noche-.

Miro mi propio cuerpo,
su daño consciente, el
arisco término que compete
a piernas y extremidades,
la razón por la que infinitamente
me sostengo. Veo mi propia
conciencia, ascender y descender,
observarse y saberse siempre la misma,
hasta el último estertor.
Devorándose, un mutuo rencor,
olvida la esencia y el moribundo
de repente regresa.
Sombras,
en esta ribera, en aquella orilla,
donde se entonan loas al buen dios,
que quiso traernos a esta vida.


19/08/17©

Extrarradio- Varios-.

Ya dejar el imperio socavado entre tus manos.
Y mirar de frente la razón última de mi destino.
Mientras en la otra orilla una sílaba de malgastada
presencia inunda los andenes con misivas sentenciosas
y aburridas. Mientras el desdén que me ocupa, busca
y anega soledades de extrarradio y muerte. Sí, microbios
de las estaciones primaverales y públicas. Artículos
de segunda mano, periódicos desunidos. Fechas
insalvables e interrumpidas. Ya dejo tu imperio
en la sombras de mi memoria.



Alguien me acuesta cada noche.
Y soy mas solícito con él que con Dios mismo.
Mi aventura terrestre termina. Y qué ocurre?
Acaso un silencio mayor estremezca las ventanas
de los paritorios anexos. Mi vida que se desangra
y no encuentra una arteria por la que deslizarse.


El óxido perturba los camiones de la basura.
Son incestuosas sus relaciones sentimentales.
Yo me anego de fragancias para no inhalar el hedor.
Silencio y más silencio. Una nube tóxica invade
mi alcoba y reina en mi sueño destruido. La aventura,
amigos, la aventura.


Mi cuerpo es un reino de obsolescencias.
Fluyen en él el mito y la religión. Mas no encuentro
cabellos en que mirarme de nuevo. Esta noche.
Esta noche hallo presencias múltiples en cada destello.
En cada brillo, un nuevo golpe de maza. Cantando,
destartalado. Amando desesperadamente el campo
que atravieso desnudo.

La muerte no es sino un sitio. Un sitio
cualquiera que no tiene sitios en que despedazarse.

©

Huella humana-.

Dónde habita tanta muerte
lejos en el silencio en el crepúsculo
radiaciones intensivas núcleos dispersos
eternidades muertas sobre plataformas
intactas de nieve o sangre puras.
Antes, habitaciones compartidas,
sueños conquistados, rabia imprecisa,
álamos destruidos con la copa salvífica
del odio o el desamor.
Después, silencio o vanidad, delirio.
Sombras atascadas en una arteria urbana,
rústicos diseños para la siempre huella humana,
ese indemne plantel de formas acosadas, indelebles.
Oh, cómo cae el vómito, entre las colchas iluminadas,
dentro de un vaso con aliento de vida-.


©

Y quién?-.

Y quién te dijo, serás así?
Sombras desvaneciéndose,
que invitan al aire, y una superficie
demorada tatuando tu espalda.
Y quién, quién?
Sombras, u horrores, capas
superficiales intentando demorarse
en tu cuerpo, tus brazos, tu espalda.
Y quién lo permitió, quién?
Un rocío crepuscular, la escarcha
sobre el río. Una sombra. Sí-.


©

Piedra latente-.

Soy la piedra cansada
sobre el viejo anaquel de hierro
que compite con lunas y hastíos
barros que encenagan el lecho terrible
y la noche despierta cual brazo amoroso.
Soy el lecho y aquel que no despierta
un insomnio recorre mi mente y la embota
caudal de huellas oleosas vómito de las aceras
o un hombre de cráneo rasurado allá por los noventa.
Soy el dormilón, de Allen, la embestida casual y
abúlica de un entorpecido transeúnte, un flujo
de marismas incendiarias, el azul de un espejo
lleno de atuendos y ropajes, la letanía disfrazada
de blasfemia, lo que quema
en mitad de la nada y el desierto.

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viernes, 18 de agosto de 2017

Soy la piedra gastada-.

Antes era juego.
Un eterno vaivén
recóndito de mares
contra jardines superpuesto.
Hilo de seda vulnerando
etapas del camino aplazado.
Sombras de gestos apoyados
en esquirlas sumisas y casi
vegetales.
Antes era el juego.
La maléfica hada engendrada
sobre el predio de la balaustrada,
el precio de la honestidad puesto
a subasta, un corazón que apenas
pone migajas sobre la mesa.
O un calvario de rosas y frescos tallos.
Un diente que habla con otro, sobre la tumba
rosada y hermética.
Antes era más que nada el juego.
La vida sobre el mantel se dilapidaba,
formaba huecos entre las paredes, dinamitaba
sueños y abolía otros, como árboles y maleza
interpuestos.
Ahora...ese sueño ocurre,
transforma la materia, la hace
agua o nada. Blancura en los bordes
de la piedra gastada.
Un zócalo reinventa mi mirada.
Advierto entre los pedregales,
un viento seco y amarillento,
un aire de arremetida, casi bélico.
Y mi sombra se alarga, transmuta
su ciclo en oro de tarde en tarde.
Soy la piedra, y quizás el zócalo
que arde. Estoy tumbado de espaldas.
Miro lo extenso que soy, la piedra,
el aire, el invierno del zócalo, su humedad.
Como, de improviso, la naturaleza
mete su delgada hierba pestilente
en casa. Soy la casa, el árbol,
de repente, nada.

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Soles y selvas-.

Hay tristezas tan infinitas
resbalan entre mis manos sudorientas
hay tiestos y macetas y regazos suspendidos
como labios enhiestos que eligieran piezas musicales
zonas de luz disuelta entre pájaros visitantes
apenas un instante apenas un instante
toda esa fecundidad derramada en la sombra
que llegó y alcanzó su soleada cúspide nevada
intransigente con lo espurio, razón del cuerpo
en las ambrosías celestes
hoy encuentro el taciturno gesto de un corazón asediado
por nubes encuentros fortuitos lunáticas conversaciones
el hilo de lo material estableciéndose en perpetua solemnidad
un ángel de brillo nuevo acariciando la mejilla
de aquella alta mujer o de soles todavía inmaduros
que esperan un límite a sus desórdenes
ante el tímpano austero de matrices abocadas
y una luz eterna envolviéndome y mintiéndote,
luego la luz se disuelve y hay pájaros concurriendo
cosas y objetos que espabila la muerte
más que la vida o mis manos.
©